Diario de campaña. Sesión del 30 de agosto de 2026

La biblioteca del tocón

El grupo seguía en la sala principal, entre los restos del combate. Takulu Ot los había enviado a por cinco títulos concretos, libros que no había conseguido encontrar en ninguna biblioteca de la Magaambya y que, según unos documentos antiguos, habían acabado en un depósito temporal. El depósito resultó ser un tocón de árbol gigante vaciado y reconvertido en biblioteca. Estaba abandonado, con la puerta entreabierta y unas campanillas de plata todavía colgadas del marco. No habían bastado.

Un gremlin scrit seguía vivo y atado a sus pies, furioso e incomprensible. Solo hablaba infracomún y nadie del grupo lo conocía. Probaron a entenderse por silbidos y no salió nada. Lo amordazaron y lo apartaron.

De los cuerpos salieron dos cosas de valor. Los gremlins llevaban un par de brazaletes de mithral, uno en cada criatura, repartidos sin que ninguno de los dos entendiera que formaban pareja. Limpios y juntos, desvían proyectiles. Kingo encontró además dos pergaminos entre los libros destrozados, uno para anular el olor de una criatura y otro para perfilar criaturas con luz de colores. Se puso a identificarlos mientras los demás se movían.


Zanira no esperó. Le preocupaba que hubiera alguien vivo detrás de alguna de las puertas cerradas, como la vez anterior, cuando encontraron a una persona metida en un baúl en un edificio infestado de gremlins. Fue puerta por puerta. Escuchaba primero, abría con cuidado, y Tishio y Ncuti la seguían de cerca. La primera habitación tenía un pequeño avispero y nada que mereciera la pena molestar. La segunda era el intento abandonado de alguien por poner orden. Libros abiertos sobre una mesa, listas largas en pergaminos sueltos, cajas de volúmenes esperando turno. Vacía. Detrás de la tercera se oía algo muy leve.

La tercera estaba húmeda, con una grieta cubierta de moho rezumando en la pared del fondo y el suelo lleno de papel masticado y excavado en forma de nidos. Un pececillo de plata gigante y un enjambre de los pequeños estaban comiendo. Se detuvieron y se giraron.

Zanira quiso cerrar la puerta. Tishio ya estaba plantado en el vano. Así que lanzó coro concordante contra el enjambre, orientado hacia la pared para no alcanzar al eidolon, y el sonido se llevó buena parte de él. Tishio remató lo que quedaba de un mordisco y acabó bañado en plata. Zanira levantó un libro sin tocarlo y se lo estrelló al grande en el costado.

Entonces se abrieron de golpe dos puertas más. El combate había hecho ruido y el ruido trajo refuerzos. Dos pececillos gigantes más entraron a toda velocidad, se cebaron con Ncuti y Tishio y llegaron hasta Kingo. Kingo respondió con una lanza de fuerza divina que le dolió a la criatura en el alma. Ncuti se retiró hacia el interior mientras Tishio aguantaba. Zanira hizo saltar un arco eléctrico entre los dos últimos, mató a uno en el sitio y dejó al otro en pie por los pelos. Kingo lo terminó.

Quince puntos de daño repartidos entre Ncuti y Tishio. El resto, intacto.

Lo que estaban comiendo los bichos resultó ser lo interesante. La habitación húmeda guarda una colección sobre nigromancia, magia maléfica y argumentos sobre sus posibles usos constructivos, con notas de investigación que apuntan a que alguien estaba construyendo una tesis allí mismo. Entre el material hay una versión limitada de crear muertos vivientes. Los pececillos se comieron buena parte. Ninguno de los cinco títulos de Takulu ha aparecido todavía.